Bancos de antaño – Segunda parte

martes, 7 de julio de 2009


Esta segunda parte está dedicada a las operaciones del día a día en una oficina bancaria tipo, vistas desde el punto de mira de los clientes.

La entrada al patio de operaciones era generalmente mediante puertas de molinillo, nada ver con las que hay ahora de esclusa que tanto crispan cuando una voz grabada dice con mayor o menor amabilidad “dejen sus objetos metálicos”. Un amplio mostrador corrido tenía los rótulos de los diversos negociados de la oficina Cartera, Valores, Extranjero, Cuentas Corrientes, Cuentas de Ahorro … y en un extremo las ventanillas de Cobros, Pagos y Letras. Curiosamente no era habitual el de Créditos pues estos temas se trataban directamente con Dirección.

Los tipos de interés tanto en las operaciones de depósito como en las de inversión eran fijos para todas las entidades y los establecía el Banco de España que los variaba de vez en cuando en función de la coyuntura económica española.

El dinero se tenía en Cuentas de Ahorro y el que “no se pensaba tocar” en Imposiciones a Plazo Fijo, en las que a pesar de estar marcado el tipo de retribución siempre había algunos casos excepcionales en los que se pagaban “extratipos”. Las Cuentas Corrientes eran utilizadas por los comerciantes y empresas y sí estaban a nombre solamente de una mujer casada precisaban para la apertura la autorización de su marido mediante firma de un documento llamado “autorización marital”, anacronismo desde la perspectiva actual pero que estuvo en vigor hasta la aprobación de la Constitución. Las comisiones de mantenimiento y administración de cualquier cuenta estaban “sin inventar”.

Los clientes que tenían cultura financiera invertían en Bolsa, generalmente en acciones pues no existían los productos que hay ahora. Aquellos que temían las oscilaciones de las cotizaciones ponían su dinero en obligaciones que les garantizaban un interés fijo, diciéndose de ellas en términos coloquiales que eran “papel de viudas“ por aquello de que ganaban menos pero conservaban intacto el capital. Los bancos por la custodia de estos depósitos y gestionar el cobro de cupón percibían unas comisiones bastante asumibles para la época.

El tener talonario de cuenta corriente daba prestigio al poseedor, y era normal oír decir “Ese sí que ha prosperado, tiene cuenta corriente”. Asimismo, los titulares de cartillas de ahorro era frecuente que evitaran ser vistos por personas conocidas cuando tenían que sacar dinero porque lo primero que iban a pensar era “¡Este que mal anda!” y así no tener que deshacerse en explicaciones, ciertas o falsas, de que era para una obra, para compra muebles, etc. Los niños junto con la cartilla tenían huchas metálicas donde metían sus ahorrillos, que solo podían ser abiertas en la oficina con la llave maestra del banco donde una vez contado el dinero se ingresaba en la cuenta.

En la actualidad el cobro de un talón o reintegro se hace yendo a la ventanilla de caja, pero en los tiempos que comentamos los trámites eran mucho mayores, a saber: un empleado rellenaba el reintegro, y a veces también el talón, les adhería un número de orden al documento entregando un resguardo al cliente; un botones u ordenanza los llevaba a la sección de Cuentas Corrientes o Cuentas de Ahorro donde los empleados con unos enormes libracos anotaban manualmente la operación; nuevamente el botones u ordenanza llevaba los documentos al apoderado de Caja que comprobaba sí la firma era correcta; y finalmente nuevo trasiego de los documentos haciéndolos llegar al ventanillero que procedía a llamar por el número adherido para efectuar su pago. A pesar de tanta manipulación de antaño, hoy también se espera en las filas de caja.

Un aspecto que se cuidaba al máximo era el encaje de efectivo para que no faltara dinero para pagar a los clientes, recurriendo a las oficinas mas próximas de la entidad si fuera menester. Hoy asumimos como normal cuando se nos dice “estamos esperando al coche”, “hay que esperar a que se abra la caja” …

Las transferencias eran operaciones que se tomaban con calma. Se hacían mediante carta, pero no siempre se confeccionaban en el mismo día que llegaban, después se ensobraban y se mandaban por correo a la sucursal de destino. Con este sistema transcurrían varios días, que se incrementaban considerablemente cuando iban dirigidas a otro banco pues la norma de todas las entidades era enviarlas a la sucursal de la misma plaza, o la mas próxima en caso de no existir, para que intentara captar como cliente al beneficiario. Tanta demora originaba frecuentemente el tener que localizar en qué punto estaba parada la operación. Las tarifas de comisiones dependían de sí el destino era una plaza bancable, semibancable o pueblo.

Un caso particular en las transferencias, eran las de vía telefónica entre sucursales de la misma entidad mediante claves convenidas, algo que los avances tecnológicos han erradicado. Se utilizaban para pagar las nóminas de una delegación o algún pago urgente, pero el problema surgía cuando había que contactar con alguna localidad no automatizada solicitando conferencia a través de operadora lo cual muchas veces daba lugar a prolongadas demoras.

La compensación de documentos era mediante presentación física al banco librado siendo su tamaño de lo mas variopinto. Los costes de manipulación llevó a las entidades a tratar de reducirlos empezando por la normalización de sus medidas hasta finalizar haciendo la presentación en soporte magnético, salvo en contadas excepciones.

Las letras de cambio eran los documentos mas habituales en cualquier mesa de trabajo. Hasta la aparición de las xerocopias, un número considerable de cobradores, sobre todo en los extrarradios, se encargaban de cobrar en domicilio del librado. Los efectos que no eran pagados a su vencimiento, los llamados “con gastos” eran enviados al Notario que hacía el requerimiento de pago.

En cartera descuento había verdaderos montones de letras para anticipar el importe al librador, siendo de destacar las que entregaban las tiendas de electrodomésticos procedentes de ventas a plazo, que por el tamaño del paquete en que venían se le llamaba coloquialmente “transistores”. En este negociado era donde mas variaban las condiciones de liquidación de una entidad a otra pues podía llegar a haber grandes diferencias en los tipos de comisión aplicados, ya que, como se ha indicado, los de los intereses eran “intocables”.

Los préstamos tenían una filosofía diferente, documentándose, como norma general, en letra financiera que se iba renovando periódicamente con rebaja de nominal. Los clientes de “primera línea” se les concedía en cuenta de crédito para que pagaran intereses solo por la cantidad utilizada.

La moneda extranjera estaba controladísima, pues no se podía tener en casa sin declarar. Los viajes al extranjero tenían una limitación de cantidad y el número de veces en que podía solicitarse moneda. En las cajas de alquiler, entre otras cosas, parece ser que se guardaba moneda extranjera por parte de aquellas personas que salían de España con frecuencia y no querían devolver el sobrante de sus viajes.

Cuando un cliente quería disponer fuera de la sucursal se utilizaba la conformidad telefónica, sistema que, al igual que las transferencias telefónicas, podía estar sujeto a demoras para conseguir la llamada. Los viajantes de comercio, en un mundo sin tarjetas, utilizaban un curioso sistema llamado carta de crédito simple, por el cual mediante retención en su cuenta del dinero que hubieran indicado, iban recorriendo España presentando la carta y mediante acreditación de su personalidad sacaban dinero que les era restado del disponible evitando con ello las esperas de las llamadas telefónicas.

Hasta aquí de forma muy abreviada algunas de las mas elementales operaciones. Hoy la tecnología hace impensable muchas de las aquí comentadas, desarrolladas con una gran cantidad de personal y exigua mecanización que estaba limitada a algunas sumadoras manuales y máquinas de escribir a compartir entre varios empleados. El tiempo de las actualizaciones de las cartillas y operaciones de cálculo “a mano” junto con el desconocimiento financiero es historia, afortunadamente.
-.-.-

Primera parte

Autor: José Manuel Seseña.
En este blog también colaboran: Angel Caldito y Ricardo Márquez.

Fotogramas de las películas:
- Todos al suelo (año 1981).
- Apartado de Correos 1.001 (año 1951).
Foto: Banco de Crédito Local (BNE, año 1933).
Vídeo: película Fin de Semana (1964).

6 comentarios :

Anónimo ,  27 de marzo de 2010, 10:03  

no solamente necesitaban permiso las mujeres casadas,tambien las solteras.Necesitabamos el permiso paterno para abrir cualquier cuenta.Y si tenias que sacar dinero,era un dislate,ya que tenias que avisar con antelacion.G.M.P.

http!www/historias-matritenses.com ,  27 de marzo de 2010, 13:27  

Gracias por tu aportación GMP. En tu comentario influía que la mayoría de edad era mas tarde y no como ahora que es a los 18 años. Respecto al preaviso ha quedado "institucionalizado" en la actualidad por diversas cuestiones habiendo casos en los que hay que hacerlo con mas tiempo de un día pues hay poblaciones en las que la ruta de los furgones de las remesas de efectivo no es diaria y los clientes se tienen que amoldar a la conveniencia de la entidad financiera.

Un saludo. José Manuel

Anónimo ,  28 de septiembre de 2013, 20:08  

que tiempos aquellos. todo era mucho mas humano y los empleados tenían que ser muy profesionales. hoy sería impensable estas formas de actuar

Jose Manuel 28 de septiembre de 2013, 20:57  

Hola Anónimo o Anónima, muchas gracias por tu comentario.
La relación banca-clientela ha cambiado de tal manera que ahora mas que nunca se hace realidad la lapidaria frase “El dinero no tiene amigos”, y para muestra tenemos la difícil situación económica que están pasando gran cantidad de ahorradores a causa de productos financieros de infausto recuerdo.
Un cordial saludo.
José Manuel

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  29 de septiembre de 2013, 22:05  

Este tema de los bancos evidentemente se está refiriendo a una época que ya había dejado atrás la posguerra, es decir, a partir de los años sesenta. En los años cuarenta y cincuenta no conocí a nadie que tuviera una cuenta en un banco; es más, esos centros capitalistas los contemplábamos con el mismo respeto y lejanía como veíamos el Aeropuerto de Barajas o la Biblioteca Nacional.
Y si a un obrero se le hubiera ocurrido entrar con su mono de faena en uno de esos bancos, ya desde la puerta le hubiera acompañado la mirada desconfiada del "gris" apostado a la entrada del mismo, al considerar como acto "subversivo" la aparición intempestiva de ese vallecano en el templo de la "pasta".
Luego llegaron otras generaciones más vivas y mejor informadas, que entraban a los bancos muy seguros de sí mismos. Pero no nos engañemos, salvo pequeñas correcciones, el parné continuó en las manos de los de siempre. Saludos.

Jose Manuel 30 de septiembre de 2013, 15:23  

Hola Ernesto:
La banca, desgraciadamente, cambia en sentido contrario al que los "de a pie" nos gustaría. En cualquier caso, según mi opinión, el trato humano antaño siempre lo había.
Un cordial saludo.
José Manuel

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