Un emigrante en Alemania

miércoles, 11 de julio de 2012

Atención: Este artículo ha sido re-editado por nuestro amigo Ernesto en su blog. Recomendamos su lectura y comentarios en él.

En mi Madrid  -- tan caprichoso como siempre-- , se vuelve a repetir el problema que tuvo en 1960: el de la EMIGRACIÓN.  Y si entonces nos pasamos muchas horas ante la Oficina de Colocación  en la Calle de los Madrazo, ahora, con toda justicia, la juventud "indignada" hace sentadas larguísimas en la Puerta del Sol, manifestando de esta manera su repulsa  ante estos  avarientos  modernos: los BANCOS.

Una solución al problema sería  salir a trabajar al  extranjero -al igual que hice yo entonces-, pero sin olvidarse de sacar el billete de vuelta, no se fuera a  permanecer para siempre en tierra  alemana – como me ha ocurrido a mí. No obstante, con  el corazón continuo en mi querido Madrid.


Mi primer contacto con una fábrica
Empujado por la necesidad material y  mi juvenil inconsciencia, en septiembre de 1960 emigré a Alemania, encontrándome de la noche a la mañana inmerso en un país enormemente industrializado, organizado hasta el absurdo  y del todo extraño para un celtíbero recién salido de un hogar de Auxilio Social.

A Alemania me fui solo, sin contrato  laboral, sin saber el idioma y sin tener  un oficio, a lo que hay que añadir que el dinero que llevaba era bien escaso. Aparte de eso mi cuerpo no estaba hecho para manejar herramientas pesadas ni para acarrear seras de carbón, pongamos por caso. Bajo esas condiciones más de un emigrante se hubiera desalentado; yo no, todo lo contrario. Pleno de confianza salí de España, contento de que el sol hubiera desplegado sus galas para despedirme. Yo era joven, de corazón valiente, despreocupado y libre como el viento.  Además,  dotado de un talante optimista  y  la necesaria resistencia ante la adversidad. Pero sobre todo confiaba en mi inteligencia, en mi espíritu emprendedor y un poco también en la Providencia.

No bien hube llegado a Alemania, cuando advertí el poco garbo de que hacían gala las hembras al andar, pisando fuerte y moviéndose de manera pesada y sin gracia. No obstante, esa deficiencia la compensaban  con creces por el hecho de ser altas, rubias y bien formadas, apareciendo ante nuestros ojos de españoles retacos cual walkirias bárbaras de curvas exuberantes y prietas. Mientras que de los hombres en lo único que me fijé fue que eran altos y disciplinados.

A estos emigrantes se les ve casi elegantes, lejos de la indumentaria de pana y el calzado de albarcas. Sin embargo, continúan fieles a la maleta de cartón atada con un cordel, que por lo visto debía de ser  algo muy chic. El de la derecha –pero qué despistao- se me lleva a Alemania un capacho lleno de patatas del pueblo...; menuda afrenta para los alemanes con sus “kartoffel”.

Aquellos años de duro vagabundaje los inauguré empezando a trabajar de peón en una imprenta muy grande, en un pueblecito de Stuttgart, consistiendo mi trabajo en acoplar un eje de hierro a  unos rollos de papel pesadísimos  y a continuación ayudar a montarlos en la impresora. Mi sueldo era de 2,10 marcos brutos a la hora, que cobraba en metálico cada semana,  sin temor de que a la vista de tal soldada me dieran delirios de grandeza. Aunque allí era el último mono, pronto me gané la simpatía de los impresores, ya que de vez en cuando les cantaba canciones nazis, perdón, de falange, que ellos con ojos brillantes acompañaban cantando bajito, por ejemplo, “La Centuria Ruiz de Alda es...”, que ellos, más marciales, con la misma música cantaban: “Uns´re Fahne flattert uns voran.” (Nuestras banderas avanzan hacia el frente...”),  ya que no hacía mucho habían estado a tiros con medio mundo.

De todas formas, allí no duré mucho –como en las otras empresas que le siguieron, tampoco-. Así que a los tres meses pregunté a los colegas alemanes –ya había empezado a entenderles y ellos a mí- qué había que hacer para despedirse en la empresa. Ellos, muy cachondos, después de enseñarme la palabra clave me enviaron a Dirección, adonde me dirigí enseguida. En el despacho, el jefe se encontraba de pie, rodeado de unos cuantos colaboradores de importancia,  quienes inclinados sobre una maqueta discutían los detalles de la ampliación de la fábrica. No sé por qué, pero yo les veía gigantescos y muy bien trajeados. Cuando de pronto vieron ante ellos aquel “Gastarbeiter” (yo no lo traduzco como “trabajador invitado”, que me suena absurdo, sino como “trabajador extranjero”, que es más realista), en mono y murmurando la nueva palabra aprendida de los compañeros, “Kündigung” (despido), una vez vencida su sorpresa, me contemplaron con sorna, dudando si tenderme la mano  o darme una patada en culo para que aprendiera un respeto. Al fin, sonriendo como se sonríe al contempla a Charlley Chaplin, se decidieron por lo primero.

Cuando volví ante los aviesos colegas, les dije que el jefe había estado muy amable conmigo, encomiando por todo lo alto mi habilidad para sacar el cubo de la basura.


Es febrero de 1961, unos meses después de haber  salido de España. Estoy en la empresa Standard-Lorenz, en Zuffenhausen, Stuttgart, y se aprecia que la estoy gozando haciendo mis primeros pinitos como tornero... de mentirijillas.

(Ahora voy a hacer aquí un inciso necesario: El haberme ido a Alemania sin contrato, es decir, de “turista” y por ello asumiendo todos los riesgos, me permitía cambiar de empresa siempre que me apeteciera. No así los compatriotas que se habían acogido a la seguridad del contrato, que, si por un lado les garantizaba trabajo y derecho a habitar en una barraca, por otro lado tenían que atarse a la Empresa por cinco años).

El paso a la Standard- Lorenz, en Zuffenhausen, fue mi primer cambio de empresa y de pueblo. En esta fábrica me coloqué de ayudante de mecánico,  y un día que iba empujando un carrito lleno de virutas metálicas por una de las avenidas de la fábrica me di de manos a boca con Mayer, ex-estudiante de marina en el Hogar Ciudad Universitaria, de Auxilio Social, quien al verme se echó a reir desde su altura germánica al tiempo que me decía: “Ernesto, si te vieran los del orfe con el mono puesto...”(Orfe: palabra derivada de orfanato, que decíamos en plan de guasa los alumnos del Hogar Ciudad Universitaria). También yo solté la carcajada,  contemplado incrédulo a mi antiguo compañero,  de elegante presencia, embutido en un mono similar al mío (en Alemania era de dos piezas, pantalón y chaqueta). Se acababa de casar con una alemana preciosa y ya tenían un hijo. No nos volvimos a ver, pues él era ya un padrazo de familia  y a mí me quedaba todavía mucho por rodar.
                           
"Fräulein“ leyendo con aparente indiferencia, ante la mirada de estos chicos que llegan por primera vez del Sur. Dos culturas que chocan... y una misma intención.

De mi encuentro con el frío nórdico
Al cabo de ocho meses de taladrar, limar, prensar y barrer el taller me trasladé a Hannover, donde se decía que hablaban muy buen alemán, lo que es cierto, pero se olvidaron de decirme que allí hace un frío que pela. Así que ya estoy en el norte de Alemania, donde tuve algunas dificultades para encontrar trabajo por culpa de haberme ido sin tener los papeles necesarios (¿cuándo un vagabundo necesitó de papeles para andar por el mundo?) Pero ahora, antes de seguir,  voy a dar un pequeño salto hacia adelante , en la temporada que estuve en Wiesbaden, donde los americanos tenían su Cuartel General.

Resulta que en aquellos años de escasez todo lo que fuera americano sonaba a abundancia,  a chicle y a hamburguesa; y todo el que conseguía una ocupación en uno de aquellos centros de riqueza yanqui encontraba modo y manera de llevarse a casa, escondido subrepticiamente entre la camisa y las escuálidas costillas, una pizca de la riqueza del Tío Sam. Así que allí me planté, en el almacén de alimentos del aeropuerto americano. Sin embargo, ya el primer día y sin que me sorprendiera demasiado, tuve que dejarlo,  al comprobar que en mi intento de levantar un saco de patatas que pesaba 100 kilos no se había movido ni un milímetro.

En vista de lo cual me pasaron al hangar de los aviones yanquis, para un trabajo facilón y pagado en plan limosna. Allí, un día que se esperaba la visita de un general americano, es decir, del dios Zeus, el sargento me ordenó que barriera el patio –valiente chalao-, y yo como sabía que no me entendía le respondí que lo barriera su padre, y cogiendo mi atillo, me largué con viento fresco.

Este desván recibía la luz del día a través de una pequeña buhardilla (se adivina arriba, a la izquierda). Toda la habitación no era mucho mayor que ese rincón, sin agua ni nada de nada. Sin embargo, después de mi estancia en el „Arbeiterheim“ (hogar de trabajadores),  en compañia de otros españoles, aquí me sentía en el Paraíso, gozando de libertad absoluta y con el centro de la City a mis pies (obsérvese  mi “biblioteca” en la pared).    

Ya dije que llegué a Hannover faltándome la carta de impuestos sobre el salario (“Lohnsteuerkarte”),  y mientras me llegaba  me  dediqué a holgazanear a la orilla de un río  y a contemplar  admirado cómo la gente disfrutaba tumbándose entre las lápidas de un cementerio abandonado, aprovechando los últimos rayos de sol de un verano que se nos iba.

Como el papel que esperaba no acababa de llegar,  me vi forzado a meterme a trabajar en una fábrica de pieles de vaca –una curtiduría, según el diccionario-, en un trabajo muy duro, ya que cada piel pesaba 11 kilos y había que levantarlas durante todo el día por encima de la cabeza, hasta formar una pila. La única ventaja que tenía era que en el tranvía (¡tenían calefacción!) la gente me cedía el asiento inmediatamente, apartándose de mí porque apestaba a cadáver.


Clase de alemán a los recién llegados. El maestro, muy alemán él, explicando el laberinto de la gramática alemana: “...dativo, acusativo...” Y el del medio, con las manos cruzadas: “Dios mío, Dios mío, en qué lío me he metido...” 

Por fin llegó a mis manos ese papel de nombre tan largo con el que me presenté en la Firma Brown Bovery, empresa gigantesca que pronto se iría a pique (sin que yo tuviera la culpa, palabra). Pero de momento me dieron un pico y una pala para que me luciera cavando, haciendo unos hoyos de más de dos metros de profundidad. Metido en aquel agujero y a pesar de estar armado con tan épicas herramientas no creo que ofreciera una estampa muy heroica, ya que el maestro de obras, después de contemplar en silencio mis esfuerzos por sacar la tierra a una altura imposible, me preguntó con risa de conejo si era estudiante. Creo que le decepcioné cuando le dije que no, que sólo era un “Gastarbeiter” (trabajador extranjero),  a lo que seguramente pensaría: “hay que ver, con la cara de listo que tiene y que esté aquí, a pico y pala...” Lo bueno del caso es que en el pasaporte tuve consignado hasta los treinta años, oficio: estudiante (dispénseme esta la mía picardía, que en el fondo quizá no fuera más que el reflejo de mi añoranza por las aulas académicas). Como era de suponer, a los pocos días en un acto de rebeldía en lugar de ir al trabajo me quedé en la piltra durmiendo hasta el mediodía, no presentándome más que para despedirme, de acuerdo con la educación exquisita recibida en los colegios de postín donde me educaron.

Año 1960; llegada de un tren especial de emigrantes –en este caso italianos- a la tierra de promisión: Alemania. Y como eran jóvenes, alegres y con ganas de juerga con las “Fräulein”, pues eso, que se las llevaban de calle. El español, de siempre más formal y grave que el italiano, lo tenía más crudo. 

El maestro de obras, sin embargo, me dijo muy alterado que no me fuera, que me quedara por lo que más quisiera, tal era la falta de mano de obra en aquellos años. El hombre me dio pena, por lo que me quedé, aunque no en el hoyo, sino en el tendido eléctrico del tren, es decir, que salí de Poncio para meterme en Pilatos, ya que en mi nueva labor  tenía nada menos que escalar unas torres metálicas altísimas. Pero antes de empezar la ascensión tuve que permutar el insigne pico de cavar por un cinturón de seguridad que me permitiera fijarme a la torre una vez llegado arriba. Lo que sigue ahora no creo que contribuya lo más mínimo a incrementar mi fama de intrépido caballero, pero qué diablos, a lo hecho pecho.

Recuerdo que la primera vez que subí casi me cago de miedo. Lo intenté muy animoso,  pero cuando comprobé que me daba vértigo una vez superadas las tres cuartas partes de la escalada, me paré en seco. El compañero alemán, que por ser la primera vez  subía junto a mí para asistirme, al advertir mi flaqueza  me “animaba” llamándome cagueta, mierdero, blandengue y demás “piropos” que gracias a Dios no entendía. No obstante, yo permanecía aferrado a los helados barrotes, sin avanzar ni retroceder lo más mínimo; y si miraba al cielo, lo veía negro, ya que eran poco más de las seis de la mañana y además invierno; y si miraba hacia abajo, veía una capa de hielo de algunos centímetros de espesor, blanquecino y sucio, iluminado por la luz fantasmagórica de los focos eléctricos. Por fin me decidí a descender,  ¡oh baldón!,  sin haber alcanzado la cima, paso a paso y sin mirar a ningún sitio.  Cuando por fin pisé suelo firme, hasta el hielo bajo mis botas me pareció simpático y acogedor. Como consecuencia,  al día siguiente trabajé de ayudante de los mecánicos, los de allá arriba, alcanzándoles las herramientas necesarias  subiendo por la torre a su encuentro, pero sin exagerar, tío.

Obstinado en la idea, continuo con la mecánica
No habían pasado más que unos meses desde que trabajaba en el tendido eléctrico del ferrocarril cuando decidí cambiar de nuevo, abandonando la abigarrada cuadrilla que formaban mis compañeros. De ellos,  unos eran marineros, fuertes como osos, pero sin trabajo en el barco por ser invierno; otro, un tipo con boca de choto, venido de Australia, adonde había ido a probar fortuna y fracasado estrepitosamente, no quedándole al final ni un centavo, por lo que para pagarse el viaje de regreso a Alemania se había pasado la noche en la cama con un viejo, como nos contaba alegremente el muy degenerado; y los marineros, tan rudos y tan machos, le miraban con náusea, aunque sin abrir la boca, que es lo que hubiera hecho un español. Luego había un trapecista de circo, de constitución muy atlética y gallito de verbena; también unos cuantos individuos de cara facinerosa, sin papeles y venidos  sabe Dios de dónde. Y por último los “Gastarbeiter” –mi tribu-, procedentes de los más diversos países.


Dos felices infantes en contacto con las manos protectoras de papá (servidor). A pesar de mi abrigo de “Gastarbeiter” y mi gesto serio, fueron años felices, me dice el recuerdo. Al fondo,  las casetas de una verbena con el tíovivo y su cochecito de bomberos muy colorado  y con una campanita de oro que el niño hacía sonar con alborozo. Sin embargo, al despertar y ver que no podía ser para siempre bombero, se ha  echado a llorar...
   
A todo esto, desde hacía ya algún tiempo, había comenzado a hacer una serie de cursillos que cubrían casi todo el saber humano de entonces: Alemán, inglés, técnica de radio, encuadernación y dibujo. A las clases asistía en los ratos libres, pues había que ir al curro cada día para ganarse los garbanzos. Aparte de eso, por unas cosas u otras cambié de empresa una docena de veces, ya que lo que sobraba era trabajo, tanto era así que al que hubiera hecho una vez en su vida un agujero en una plancha metálica –a lo mejor al apoyarse inadvertidamente en la palanca de una taladradora- ya le colocaban de mecánico.

Ya dije que quería cambiar de empresa, así que dejé esa  RENFE alemana  y me fui a un taller de reparaciones de autos Volkswagen, donde desmontaba motores, cajas de cambio, ejes y ruedas. Ese VW era un coche construido muy simplemente, de ahí su éxito.

Junto a mí trabajaba un compatriota que era un bala, un pícaro de la tierra de Don Juan Tenorio, muy resabiado y conocedor de todas las tretas y trucos del hampa. La familia que le acogió como inquilino se descompuso al poco tiempo de su llegada, bajo el influjo de su veneno seductor, teniendo el padre que abandonar el hogar familiar, llevándose a tres hijos;  y el español se quedó –de huesped, claro- con la mujer y dos niñas. A mí me consideraba muy inocentón  y a lo mejor lo era.

Pocos meses después  abandoné el garaje  y  a mi  crapuloso amigo para dirigir mis pasos sucesivamente a una fábrica de aparatos de fotografiar, un taller de cerrajería y un taller donde me colocaron –hoy día no sé ni cómo- de mecánico ajustador  y del que muy pronto me echaron por haber ajustado una cuña a un eje de tal modo que, después del mazazo final  y no faltando más que 1 ctm.,  ya no había  manera  de que la cuña entrara o saliera del todo.

Pero yo sin arredrarme lo más mínimo lo intenté de nuevo con máquinas de taladrar para dentistas, de mecánico a lo fino. Veinte años después me encontré con el maestro, quien, aunque buen chico, continuaba con la misma cara de comadreja de entonces. Era un auténtico subproducto de la perdida Guerra Mundial: Obediente, diligente y sin otra aspiración en la vida que la de llegar a casa después del trabajo y ponerse a lavar el coche, con una caja de cervezas al lado.

En los seis primeros años de mi exilio estuve cambiando continuamente de ciudad y de patrona. Casi todas estas damas otoñales eran viudas de guerra con bastantes tacos de calendario en el morral de la vida y,  sin por ello ofuscarse lo más mínimo en las cuentas, con unas ganas enormes de verter su instinto maternal en esos vagabundos venidos del Sur  sin otro ornato que su juventud y una buena porción de humor estoico. Además, los pobres, habían llegado a Alemania casi desnudos, como los peces de la mar.

Como ya llevaba dos años haciendo un cursillo por correspondencia para aprender radiotécnica, no me fue dificil colocarme en la Blaupunkt ( Punto Azul), en Salzgitter. Este fue un hecho notable para empezar a mejorar. El trabajo era agradable y sin dificultades para mí, pues consistía en reparar radios de coches. Además uno estaba rodeado de hembras, en su mayoría en esa edad “superbe” en que “una observación atenta podría hacer ver en el cuerpo de la dama que las líneas tienen ya un imperceptible principio de flaccidez. Se inicia en toda la figura una ligerísima declinación”, como decía Azorín, mejor conocedor de la mujer que el famoso seductor Casanova.


Sección de programadores de la IBM en Maguncia, 1970. El barbudo sentado delante de mí es un francés de Montpellier que se afana por hacer méritos ahora que se acercaba el jefe. Ernesto está contemplando  al fotógrafo con gesto algo melancólico, mientras piensa en la dedicatoria que va a poner en la foto: ”¿Dónde quedaron mis campos, mi tomillo y mi romero...?”

Aquella fue una época placentera en la que además me casé. Al morir mi suegro, sin embargo, nos fuimos a vivir a Wiesbaden, donde vivía la suegra. Pasada una temporada en que volví a trabajar con radios, ya me atreví a picar más alto y me metí en la IBM, en Maguncia, como técnico de ordenadores. Es curioso que a veces se trabaje con tan poca presión en uno de esos consorcios capitalistas, por lo que me quedaban fuerzas de sobra para asistir, después del trabajo, a unos cursos de programador que ofrecía la empresa.

Al cabo de un año, pues, ya estaba en la sección de programadores. Eso significó haber dado el paso decisivo –"tan grande para mí y tan pequeño para la Humanidad", o algo parecido, como en cierta ocasión dijo un lunático-, que me permitía usar guardapolvo blanco. Acababa de abandonar definitivamente el proletario mono y el guardapolvo gris, más propio de empleadillos de quiero y no puedo, con lo  que le dije adiós a las fábricas y a las herramientas:

Había llegado a la cumbre. ¡Hurra, ya era un oficinista! ¡Aleluya!

Tal era la mentalidad en los años sesenta, cuando un compañero de fábrica venía y te decía: “Imagínate, he quedado con una chica,  y ¿sabes una cosa?, ¡es oficinista!”

Al final, un ministerio amable
Si bien allí estaba muy a gusto, al cabo de cinco años decidí irme a una institución oficial, a un ministerio, porque en el futuro me apacentara el Estado. Así que pertrechado con un legajo impresionante de pomposos diplomas que tan pródigamente concedía la IBM, me presenté en el Instituto Nacional de Estadística (Statistisches Bundesamt), en Wiesbaden, solicitando una plaza de programador de ordenadores, lo que me concedieron a los pocos días. En el ministerio entré con buen pie, ya que ambos, trabajo y sueldo eran excelentes y además disponía de un despacho para mí solo, de teléfono y del “Bild-Zeitung” (diario-revolver) dispuesto a ser leido antes de comenzar la tarea diaria. A veces, por la tarde, y habiéndose ido ya casi todo el mundo a casa, escribía largas cartas a los amigos o, simplemente, trabajaba intensamente en mi labor de programador, que aún después de tantos años continuaba siendo interesante. Y allí me quedé, ¡por fin!, hasta que me jubilaron prematuramente con 58 años, quedándome una buena pensión.

Día de Navidad. Padre e hija (la que en la foto de arriba, en el cochecito de niño, está sacando la lengua a la  fotógrafa), como recuerdo de tiempos felices. Al fondo, el inevitable arbol de navidad, y colgando del techo, prendidos de hilos, pequeños ramitos de flores que aquí llaman “Mobile” y que giran a la más suave brisa.

El tema  de la pensión era algo que no me interesaba en absoluto; es más, no sabía ni que existía. En una mezcla de elegante indiferencia y de fatalismo  que tan a menudo puede observarse en el español medio, marchaba yo despreocupado por la vida,  sin pensar para nada en el futuro una vez me hubieren jubilado.

Por el contrario,  hoy día con 19 años ya empiezan a hacer cálculos de lo que les va a quedar al cabo de 45 años de trabajar como negros. Bien triste, en verdad; qué asfixia estar enterado de todo. Mi actitud fue siempre ignorar el mayor número de cosas posible  –como un avestruz, quizá, o como un sabio.  Tender a la ignorancia –aunque no profesional, claro-, para así abrirme con mayor fuerza y autenticidad a media docena de verdades esenciales, ya que el resto, desgraciadamente, no es más que paja, humo y mucho aburrimiento. Del amor a la simplicidad nacieron los versos del poeta:
                                                                         
“Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan”.

No quiero cerrar esta crónica, en la que apenas he hablado de otra cosa que del trabajo, sin manifestar un cierto orgullo por lo alcanzado en circunstancias tan difíciles. El haber sido uno de los pocos,  de miles de extranjeros,  que consiguió una posición relativamente elevada  y más aún en un ministerio alemán.
Quizá tuve suerte, o acaso todo no fuera más que  la obra de un dios menor  que se sentía aburrido como una ostra  y que, por distraerse y sin hacerse notar, fue apartando de mi camino todos los obstáculos que encontró, transformando la angosta vereda en Camino Real.
-.-.-

Autor: Ernesto Fernández - (Wiesbaden,  Alemania), febrero de 2012

En este blog colaboran: José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.

35 comentarios :

Anónimo ,  12 de julio de 2012, 11:29  

El sarcasmo y la realidad es lo que hace muy buena la vida,te felicito,supiste luchar contra la adversidad en lugar de llorar en un rincón.
Nuestra generación está llena de muestras de gente luchadora y emprendedora,gracias por el relato,ha sido muy agradable.
Un saludo de G.M.P.

Uno 12 de julio de 2012, 15:51  

Me ha encantado esta historia tan sencilla y tan sabia.
La actitud con que ese jóven se enfrenta a la vida es ejemplar. Tiene confianza en una inteligencia natural. Pero esas cuatro verdades esenciales no todo el mundo las tiene tan claras, por eso estas experiencias, creo yo, serían muy ilustrativas para los jóvenes de hoy, mejor preparados en lo académico pero mas perdidos que nunca.

Ernesto Fernández (Alemania) ,  12 de julio de 2012, 17:41  

Hola, Gloria,
Sí, fuimos fuertes; teníamos que serlo para no hundirnos del todo, y así, con esa lucha, que continuamente se puede observar en la naturaleza, es como uno se "re-crea" cada día que pasa. Gloria, un abrazo

Ernesto Fernández (Alemania) ,  12 de julio de 2012, 18:05  

A "uno",
Gracias por la confianza que pones en esas "cuatro verdades que tengo tan claras", y es cierto. Cuando hoy día veo a la juventud, aburridos de pura saciedad y con más miedo que nunca, pienso "qué pena, con esa energía que tienen..." Saludos

silvestrysbonsai 16 de julio de 2012, 16:01  

Hola amigos!
Os leo desde hace mucho tiempo y tenia ganas de participar y daros las gracias! no sabeis la de cosas que he aprendido gracias a vosotros. Os mando un saludo. Seguiré leyendo las cosas que tanto me gustan que contais. GRACIAS.

Ernesto Fernández (Alemania) ,  16 de julio de 2012, 23:44  

Hola Silvestrysbonsai, al dirigirte a nosotros en plural no sé si te estabas refiriendo a todo el equipo del blog, a mí personalmente -a pesar de mi exacerbado individualismo-, al Papa o al Rey, -a quienes se suele hablar en plural, quizás para que ganen en volumen. Lo cierto es que nos gustaría enterarnos de cuáles fueron esas maravillas que has aprendido de Nos.
Un saludo.

Juan Antonio Díaz ,  18 de julio de 2012, 13:15  

Gracias, Ernesto, por acercarnos con tanta gracia, soltura y precisión literaria a ese lejano mundo de la emigración económica española de los años sesenta que hoy, tal y como están las cosas, parece recobrar un nuevo sentido. Mi padre y mi tío Basilio también probaron las mieles (¿o sería mejor decir hieles?) de la experiencia migratoria. Fueron a París en busca de un mundo mejor, pero se encontraron con todo tipo de hostilidades y la insuperable barrera de un idioma que ni conocían ni tenían ningún interés en conocer, por lo que todo intento de adaptación resultó en vano. Tardaron cuarenta días en regresar. Nunca sabremos qué futuro le hubiera esperado a nuestra familia si mi padre y mi tío hubiesen aguantado como otros aguantaron (por ejemplo, tú, Ernesto, y permíteme el tuteo), pero el caso es que la corta experiencia no dejó más que un puñado de divertidas anécdotas que tienen que ver principalmente con el idioma. Hoy nos reimos con ellas, pero para mi padre y mi tío debieron ser, sin duda, experiencias duras y amargas.
Un cordial saludo.

Ernesto Fernández (Alemania) ,  18 de julio de 2012, 19:16  

Yo también te doy las gracias, Juan Antonio, por tu amable censura. Esas aventuras que pasaron tu padre y tu tío en Francia, sobre todo del idioma, eran las mismas que pasamos nosotros en Alemania. Ni ellos nos entendían a nosotros, ni nosotros a ellos. Y ahí estaban, muertos de risa o con lágrimas en los ojos, según la situación. Con la linda panadera que te vendía el pan al peso y agregaba una rebanada si faltaban unos gramos, o quizá con un jefe de personal en cuyos ojos leías: Escuchimizado, ignorante y no sabe ni decir "guten Tag" (buenos días)... a la mierda con él!
A mí desde luego me hubiera gustado más haberme ido a Francia, que me es mucho más afín, que no a Alemania, país donde se ha eregido un altar al ORDEN y a la EXACTITUD, elementos con los que sigo luchando, al cabo de tantos años. Claro que yo siempre tuve algo de vagabundo.
Saludos cordiales

Antonia de Oñate 20 de julio de 2012, 12:40  

Gracias por el testimonio y por el gracejo con que está contado. Me ha parecido especialmente interesante ese recorrido difícil de un trabajador español sin permiso de trabajo que termina su vida laboral como funcionario en la hermosísima Wiesbaden.

Su historia me recuerda tanto a la del tío de uno de mis mejores amigos... que estoy por creer que es usted. Internet es una ventana abierta al mundo, y a veces da a la plaza de nuestro propio pueblo.

Un cordial saludo, y gracias de nuevo por el desparpajo y optimismo que trasmite su narración.

Carmen ,  20 de julio de 2012, 14:25  

Hola Ernesto,
Yo también te felicito, por haber conseguido llegar a ese importante puesto laboral, pero además, y especialmente, porque valoro el esfuerzo que finalmente, aunque no te gustara, debías haber hecho en el aprendizaje del idioma. Si no conoces el idioma ni tienes ningún interés en conocerlo no creo que se hubieran producido esas circunstancias tan favorables para ti. De Madrid al cielo…, con todos los respetos, pero hay que reconocer que en cuanto sales de la frontera o nos adaptamos…o lo tenemos difícil.
Un saludo,

Ernesto Fernández (Alemania) ,  20 de julio de 2012, 21:09  

Hola, Toñi de Oñate,
¿Por qué sabeis hacer tan bien las cuentas, que una vez hecha la suma empezais a hablarme de Vd.? Olvidémosnos por un momento de esa cinta sin fin, que es el tiempo, y hablemos de esa ventana de tu pueblo, por la que se cuela el Internet, trayéndote con mi relato todo ese optimismo que dices, y que dormía dentro de mí, sin que yo tuviera consciencia de ello.
Resulta, pues, que en aquellos primeros años al "Gastarbeiter" sólo le interesaba lo que ganaba "libre de polvo y paja", como decía. Un error del que se dieron cuenta cuando les jubilaron. Así que, por ganar cuanto más mejor, trabajaban en tres turnos y a destajo, cosas de las que yo huía como de la peste. Mi divisa era ganar poco, trabajar menos y tener cantidad de tiempo para hacer cursillos, o para irme con los amigos a beber una caña de rubia cerveza, o para ser más exactos, "einen Krug Bier".
Y ahora saluda de mi parte al tío del primo de tu mejor amigo. ¿Estuvo él también en esta "hermosísima Wiesbaden"? Se ve que conoces muy bien el ambiente de entonces.
Saludos muy cordiales.

Hola, Carmenchu,
¿Cómo le va a esa mi querida Ciudad Lineal?
Me preguntas por el idioma, en este caso el alemán. Pues sí, me costó mucho esfuerzo aprenderlo, sencillamente porque no me gustaba, y además es complicado, y para mi gusto demasiado exacto. Y eso de que coloquen el verbo al final del párrafo, conduce a situaciones de auténtico "suspense", sobre todo si el párrafo es largo y el tema de que trata es muy importante. Es decir, que para enterarte a tiempo y no reventar de impaciencia, tienes que saltarte cinco líneas para saber si al reo le han ejecutado o le han dado suelta.
Por lo demás hay que estudiarlo con amor, conscientes de que es la lengua de "Dichter und Denker" (poetas y pensadores). Y sobre todo hay que estudiarlo de manera sistemática. El inglés, por ejemplo, se puede aprender -hasta un cierto grado- de oido. El alemán apenas, por lo complicado de su gramática. A mí más que hablarlo (lo hago regularcillo) me gusta leerlo, siendo Thomas Mann mi favorito. Todavía no le he encontrado el más mínimo fallo. La mayor parte de mis compañeros no lo aprendieron porque siempre hablaban en español. A mí sin embargo me resultó más facil por esa tendencia que tengo de apartarme del rebaño e ir solo por los caminos de Dios. Así que si me pierdo tengo que preguntar... en alemán.
Saludos muy cordiales

Carmen ,  20 de julio de 2012, 23:26  

Hola, lobo estepario Ernesto. Y a Hermann Hesse, otro clásico alemán, ¿ también lo has leído?.
Tu querida Ciudad Lineal y la mía, está un poco parada en lo que se refiere a mi zona y la de tu amigo Aceitero , que ya no está. Supongo que algún día llegará información. Yo voy mirando ya que no puedo aportar gran cosa como dije en otras entradas pero me gustará mucho leer y participar de los recuerdos de quien los tenga.
Un saludo,

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  21 de julio de 2012, 12:03  

Hola, Carmen,
Hablando de la lengua alemana, uno de los idiomas de los emigrantes, has mencionado a Hermann Hesse, autor de "El lobo de la estepa", una de sus obras más famosas. Un amigo mío le admiraba mucho y firmaba siempre sus cartas con un "El lobo estepario", con lo que exageraba pero que mucho, ya que en Europa central no encuentras una estepa ni por casualidad. Y donde decía lobo, más exacto hubiera sido lobezno, que él era bajito, y además su fuerza dental tendía a cero.
Estoy a la espera de esa avalancha de emigrantes madrileños que se anuncia, después de que la Sra. Merkel haya cogido de la mano a los menesterosos bancos y en compensación os haya dejado a vosotros -masa amorfa, sin voz ni voto- en las mismísimas pelotas. Mi enhorabuena para ese Canciller que teneis, que no sé ni cómo se llama.
Cordiales saludos

Carmen ,  22 de julio de 2012, 22:49  

Hola Ernesto Fernández,
Tenemos lo que nos merecemos. Le votó la mayoría, aunque ahora, si preguntas, no lo hizo nadie.
¿Cómo tienes tu el tema de la parada uno o dos de Ciudad Lineal que me dijiste ibas a preparar algún escrito?
Un saludo,

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  23 de julio de 2012, 1:44  

Hola, Carmen,
Siento desilusionarte, pero lo cierto es que ese artículo de la parada 1, que dijimos íbamos a escriber, ni siquiera lo he empezado; y además, sinceramente, más me hubiera gustado que lo hubiera escrito algún otro; pero, en fin, ya veremos.
Desde luego, la finca de Federico Aceitero saldrá al escenario, como modelo ejemplar de otras muchas análogas, en la Ciudad Lineal.
La verdad es que me ha sorprendido el que un tema de tanta actualidad como es el de la emigración haya tenido hasta ahora tan escaso eco (aunque algunos de los comentarios fueran excelentes). Me temo que esta generación, abrumada como está por el peso de tanta información como tiene, sea incapaz de reaccionar debidamente, y prefiera permanecer en el Hotel-Mamá hasta que San Juan baje el dedo.
Cordiales saludos

silvestrysbonsai 26 de julio de 2012, 11:27  

Hola Ernesto, buenos dias.

Pues la verdad que vivo en la zona de arturo soria desde muy pequeño, solo tengo 34, pero vamos que desde que tengo el minimo recuerdo es pasear por esta calle con mis padres o amigos para ir a buscar cromos a los quioscos que hoy apenas ya existen. Pues que he aprendido? muchismo de urbanismo e historia de este barrio, sus villas, su gente y costumbres...todo lo que se de este barrio lo he aprendido de aqui, asi que como soy un sentimental, pues me enganchó este asunto.
Disculpa Ernesto, si todo este trabajo es tuyo y yo ando agradeciendoselo a un grupo, jejeje! tantisimo trabajo parece mentira que solo salga de un puño...

PD: Si me enganche a este blog fue gracias a Antonio Barbachano (Conocido tuyo por haberte enviado alguna foto) a quien desde aqui tambien quisiera agradecerle la invitacion. Y por supuesto a ti que eres todo un investigador.

PD2:Me quede con ganas de ir a la conferencia de Arturo soria...Dificil que se repita verdad? tuvo que ser genial!!

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  26 de julio de 2012, 16:16  

Hola, Silvestrybonsay (bonito seudónimo; si no me equivoco significa hierva silvestre),
Tienes razón: Uno ha escrito el artículo y otro lo ha publicado, por lo que hay que aplicar la antigua divisa de: "Tanto monta..., etc."- Aparte de eso, espero que todavía aprendas mucho referente a la Ciudad Lineal, ya que el tema es inagotable..., y a pesar de que este artículo se haya enrollado con el tema de la emigración.
Saludos

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  27 de julio de 2012, 22:34  

Refiriéndose al tema de actualidad "la emigración", el autor anónimo "uno" ha escrito un corto comentario de singular elegancia, en el que dice: "... esas experiencias serían muy ilustrativas para los jóvenes de hoy". Con la salvedad -digo yo-, de que esa juventud de hoy día que se ve obligada, al igual que nosotros entonces, a salir a Francia, Alemania y, si van mal dadas, a Polonia quizá, abandonan la patria con unos cuantos kilos de más en las costillas; lo que es un "handicap", sin duda alguna.
Nosotros en cambio, en nuestra parquedad forzada, parecíamos virutas al viento, más ágiles de cuerpo, y, seguramente, de espíritu también.
Pero como ya han pasado tantos años, pues eso, que la situación principia de nuevo.
Saludos

Isabel Millán 7 de agosto de 2012, 19:56  

Hola Ernesto. Yo también leo tu blog y me parece muy interesante y educativo, además de estar trabajado con gran precisión con tu increíble cerebro literario.
Lo cierto es que no quiero que esto parezca "publicidad", por decirlo de alguna manera, pero querría mostrar a esta gente de mente cautivada, el blog de mi hija, para que tenga la máxima popularidad.
Es un honor haberte escrito, pues eres como un héroe para mí.
Saludos cordiales y merecidos

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  7 de agosto de 2012, 23:19  

Qué amable eres, Isabel; eres la primera mujer que me llama héroe, sin que lo sea, naturalmente. Lo único que me distingue es ese afán que tengo a enfrentarme a las cosas con autenticidad, sin engañarme a mí mismo, y si es posible, a los demás tampoco.
Mencionas el blog de tu hija, que parece quieres publicar. A ver cuando lo haces, que lo leeré con mucho gusto.
Un saludo muy cordial

Anónimo ,  15 de agosto de 2012, 13:30  

Gracias por tu relato, pero no aclaras por qué debemos comprar el billete de vuelta.

Me hubiese gustado que nos hablaras un poco más sobre el carácter alemán y sus costumbres, que a mí se me antojan mentes cuadriculadas y de poco espíritu, de los van de la fábrica a casa y de casa a la fábrica. Hablo desde la ignorancia, pues no he tenido trato con ellos.

Ernesto Fernández Wiesbaden (Alemania) ,  15 de agosto de 2012, 16:59  

Hola anónimo/a,
Lo de no olvidar de comprar un billete de ida y vuelta en caso de que se salga a trabajar a Alemania, no quiere decir otra cosa que por muy bien que le vaya al español en el extranjero siempre le quedará un fuerte sentimiento de añoranza por lo que ha dejado atrás, venga de donde venga de España, y si es de Madrid, más todavía.
Cuando llegué a Alemania me puse inmediatamente en contacto con un tipo de mujer madura, tranquila y con un encanto especial, casi infantil, por eso que tenían de crédulas e ingenuas (desgraciadamente ya desapareció esa generación de viudas de guerra).
Lo más agradable del alemán cuando hay que convivir con ellos es que son corteses, lo que facilita la convivencia. Aman el trabajo -la labor, más bien-, estén en la fábrica, en casa o de vacaciones en la playa, lo que no les hace especialmente simpáticos. Tampoco abunda el tipo intelectual y bohemio que se da ahí tan a menudo. A él le encanta que le den trabajo para dedicarse a ello con una perseverancia machacona que puede llevar a la desesperación al pseudo gitano llegado del Sur. Él sabe para qué está ahí y para qué le pagan, y lo que tiene que hacer lo hace a rajatabla, lo mismo si es un soldado como si es un albañil. El alemán te invita a su casa con más facilidad que el español, y no se pone celoso si sacas a bailar a su mujer. Una vez al año se ponen que no hay quien les conozca: en Carnaval. De pronto son los más grandes payasos, desvergonzados, depredadores de higos maduros y algo verdes también en huertos ajenos; bailadores incansables, bebedores y lo otro también. Pero el Miércoles de Ceniza, vuelven a ser el Herr y Frau Meier de siempre, tiesos y formales y con cara de no haber roto un plato en toda su vida. Son metódicos y poco alegres, pero se puede convivir muy bien con ellos porque saben guardar las formas.
En Babiera son mucho mas alegres que en Hamburgo, por ejemplo, y celebran durante dos semanas una fiesta descomunal, donde se comen no sé cuántos bueyes y beben miles de litros de cerveza.
Pero Alemania es también el país de los "Dichter und Denker" (poetas y pensadores o filósofos), que también vale lo suyo.
Espero haber aclarado algo tus dudas.
Saludos

Anónimo ,  16 de agosto de 2012, 9:42  

Hola Ernesto.
Pensadores y poetas (y en definitiva, riqueza cultural) hemos tenido en todas partes. No por eso debemos exaltar a los germánicos. Aquí tuvimos todo un siglo de oro (Becquer, Garcilaso de la Vega, Calderón de la Barca,...) o más recientemente García Lorca, Machado,...

También grandes pensadores, como Unamuno, Ortega y Gasset, López Aranguren, Averroes, Maimónides,... Si se me permite la licencia poética, Séneca (que era cordobés) ya hacía filosofía en el siglo I cuando los germanos aún se limpiaban el culo con piedras.

Entiendo lo que comentas sobre el trabajo y la laboriosidad. Aquí es más difícil que se de esa situación porque en España el 80% del trabajo lo dan las pymes y cuando contratan a un empleado es para que sirva de llave inglesa y haga de todo un poco. Al no estar delimitado tu trabajo, si no que estás para lo que manden en todo momento, te expones que al acabar una tarea te manden a hacer otra distinta, y por eso se intenta escurrir el bulto. No tienes un objetivo fijo que cumplir, y cuanto más hagas, más te exigen. El clima también moldea el carácter. Estamos deseando que el sol caliente un poco por las tardes para salir a la calle a tomar cañas en una terraza.

A los momentos en que los alemanes se despendolan añadiría las vacaciones en España. Todos los hemos vistos hasta las trancas de cerveza y tinto de verano, y persiguiendo al producto femenino nacional, que no serán walkyrias pero que también vienen completitas de serie.

Saludos y gracias por tu respuesta.

Anónimo ,  16 de agosto de 2012, 11:16  

Hola,

Te escribe un emigrado de España que emigro a un pais vecino del tuyo hace 3 años y pico para poder comer. Te pido perdo n por la falta de acentos. Este madrileño, criado en el rastro, estudio un doctorado en fisica en el Reino Unido, para volver a España y darse de bruces con la relaidad, contumazmente cainita y mafiosa de la universidad española, que duro poco mas de tres años. Podia haber vivido en el Hotel Mama, como dices, sin salir de mi cuarto hasta casi los 40, como muchos amigos mios, de mi edad, funcionarios, viviendo de lujo, rodeandose de exitos, siendo queridos por sus sabias decisiones. Pero yo estoy hecho de la pasta del masoquista, no iba a consentir explotar a mis padres obreros mientras me iba de botellon con mas años que matusalen, me fui a los 26 y no pienso volver mas que como el almendro, de navidad y alguna semana en verano.

Despues, desesperado y a punto de pasar hambre, emigre a Holanda, a un centro de investigacion que no era de lo que yo habia estudiado, pero era el mejor del mundo en el cancer y me cogieron porque tenia potencial. Alli pase 2 años con los mejores investigadores mundiales del cancer, pero me movi a otra ciudad del pais, para trabajar en la mayor industria mundial de mi formacion primera.

Yo soy de esos inmigrantes estupidos españoles que a pesar de ser viajados de sobra, tener la formacion necesaria, y la cabeza bien amueblada, tienen mal karma y en la vida todo es un camino de espinas, y nunca llegan las rosas. Mi karma me dice que la soledad sera mi compañera.

Aunque no lo creas, antaño tuviste mejor situacion que yo, tuviste algo que no lo paga la mejor multinacional del mundo: tu pareja, tu familia, esa que creaste tu, cerca de ti. Aqui solo tengo soledad y relaciones sociales forzadas con otros inmigrantes perdidos como yo, pero de paso, no como yo, mientras veo como pasan los años, contribuyendo a los "breakthroughs" de una industria a nivel mundial, mientras llueve fuera, y envejezco con mi amiga de siempre, soledad.

Un fuerte abrazo

Ernesto Fernández (Wiesbaden, Alemania) ,  16 de agosto de 2012, 17:31  

Hola, anónimo,
No te preocupes por los acentos, que yo sólo los he llegado a dominar por cabezoneria, no por amor.
Tu mensaje está lleno de tristeza, de valía y de un callado grito de ayuda a los miles de chicas que te van a leer. Y entre ellas -de eso estoy seguro-, se va a encontrar esa que por propia valía sabrá escuchar, de casualidad y como de paso, esa llamada.
Es curioso, yo he nacido en la Maternidad de Mesón de Parades, o sea, en el mismo barrio que la Plaza de Cascorro; mi hijo es como tú doctor en Ciencias Físicas, y ya ves, también lo mismo que tú, ando trotando por el mundo desde que tuve que dejar el "Hotel- Madrastra".
En los tiempos aquellos, tan negros de Franco, a pesar de la absoluta pobreza en que vivíamos teníamos algo sumamente valioso: La esperanza. Hoy, ni eso. Pero no quiero opinar mucho porque yo sólo voy por España de Pascuas a Ramos.
Un abrazo

Mercader ,  20 de agosto de 2012, 11:58  

Hola Ernesto. Quiero empezar mi comentario a tu artículo con la opinión que sobre las “redes sociales” te transmití en mi último correo: “…ya sabes que me cuesta utilizar ese medio para comunicar mis opiniones, no tienen el calor de una discusión tabernaria, con la vehemencia, los giros, la introducción de discrepancias que hacen variar los puntos de vista, las disputas que se originan y que entre amigos o compañeros no alcanzan niveles sangrientos. Una agradable tertulia tras unas frías cervezas o vaso de buen vino, cuatro gritos latinos, un empezar con un tema y terminar con otro tan alejado que al final no recuerda uno por donde se empezó, eso que desconcierta y asombra tanto a los germanos, tan mediterráneo, tan ardiente, tan entrañable. Pero todo esta forma de comunicación se perderá “…como lágrimas en la lluvia…”, que dijo el replicante antes de “morir” (“Blade Runner”, de R. Scott, inquietante peli)”. ¡¡Cuánto he aprendido en esas discusiones-disputas dialécticas!! Ya hemos intercambiado algunas opiniones sobre la emigración en nuestra larga etapa epistolar. Desde el principio de los tiempos el “homo” ha ido de un lugar para otro por diferentes motivos que han dado por ello diferentes nombres (exilio, diáspora, acogida de refugiados, etc.), y que unas veces a “emigrado” de forma voluntaria y otras forzadas. Hoy nos informan a diario de estos casos en todo el mundo.
Te decía a finales del 2008: Yo también pensé en emigrar por aquellos años 60, con César a Suiza cuando trabajaba en la Brown Boveri de Zurich. Sus cartas me desanimaron. Su soledad en tiempos navideños me dio una fría imagen de ese país que “da asco de limpio que está”, impresión tras mis pasos por ese país en varias ocasiones. Mi amigo Palacios, compañero de estudios de delineación y de fatigas, marchó a Brasil en una época en que ese país estaba necesitado de profesionales en diversas especialidades. Volvió hecho polvo de allí. Esas leídas y escuchadas aventuras justificaban mi resistencia a salir de aquí. También mi carácter retraído, mi cobardía. Nunca me atreví a salir fuera a trabajar. Para mí tu valor es envidiable y se me ha puesto la carne de gallina leyendo tus correrías por tierra germana. Me contestaste: “…creo que hiciste bien quedándote en el suelo patrio (suena anticuado, pero qué gran verdad)”
Comparando épocas de ayer y de hoy es importante diferenciarlas. Entonces se trataba de reconstruir una Europa devastada, la necesidad de mano de obra era necesaria por eso y por la pérdida de millones de gente muerta en la Gran Guerra. Tal vez por eso tenías la oportunidad de cambiar de trabajo. Hoy la demanda es por otra cuestión más jodida. Se necesita una mano de obra cualificada pero barata, tanto como para poder competir con los costes de trabajadores de países que producen sin una legislación laboral que los defienda.
Pero la emigración siempre llevará emparejada la nostalgia, tal vez el desarraigo que sufren los hijos. Como escribió Mª Teresa León, “Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado […] suspiramos por nuestro paraíso perdido…”
Espero que la comunicación a través del blog no sustituya a nuestro intercambio epistolar.

Abián Jesús de la Fe Sarmiento 7 de septiembre de 2012, 14:56  

Que bonito... Soy un canarión jover y desvergonzado (pero respetuoso) que ha llegado a Alemania casi en la misma posición que el escritor de este relato. Hace 13 meses que vivo aquí, con mi novia alemana y con un trabajo patético (aunte ella es oficinista jajaja), pero con muchas ganas de escalar tan alto como pueda, y por que no, tocar el Everest si así pudiera.

Gracias por tan bonita historia D.Ernesto. Espero algún día poder también plasmar mi historia de la misma manera que usted lo ha hecho.

Gracias también por (involuntariamente pero eficaz) darme animos para seguir adelante con fuerzas e incluso darme un empujoncito más que ciertamente necesitaba.

Un abrazo muy fuerte de un total desconocido para usted, pero que desde hoy, le tendrá no se si siempre pero sí por mucho tiempo, en sus pensamientos y en su corazón aventurero.

Atte. Abián J. De la Fe Sarmiento (emigrante)

Ernesto Fernández (Wiesbaden) ,  7 de septiembre de 2012, 21:42  

Oye, Abián,por Dios, no me llames Don Ernesto, que eso nos vuelve graves y viejos.
Resulta que en aquellos primeros años en Alemania -cuando yo iba de fábrica en fábrica-, las chicas alemanas eran para mí seres exóticos, de huesos largos y pelo rubio, que pasaban por mi lado sin verme, con gesto altivo y más bellas que nunca. Y tú que ya tienes novia, ¿te sientes desanimado? Dale tiempo al tiempo, que todo llegará a su hora, si de verdad tienes esa fuerza que dices -no física, sino de la otra-, que unos ubican arriba y otros abajo.
Uno de los factores más importantes para salir adelante es el aprender el idioma en plan escolar y no a lo loco -en las camas o en las fábricas- escuchando frases gramaticalmente maltratadas en el fragor de la batalla, o con el rumor de la faena.
Saludos

Michel 5 de diciembre de 2012, 10:17  

Amigo Ernesto, aunque es otro campo diferente del AS y la oprobiosa postguerra interna, he disfrutado con tu narración de inmigrante en Alemania. Sinceramente, y sin ningún resquicio, creo que supiste desenvolverte en tu destino.
Dentro del programa de "lavado de imagen" fuí invitado por el gobierno alemán en 1969 a una extensa visita por Alemania, de lo que salieron cinco reportajes que fueron publicados en varios periódicos españoles.
Mi viaje a Alemania también tuvo mucho que ver con los "trabajadores invitados", ya que los alemanes ponían bastante empeño en demostrar lo maravilloso que era para ellos estar en Alemania.
Hice unas visitas, entreveradas con "sesiones" del Ministerio de Trabajo, a las fábricas Hoesch. Hablé con bastantes españoles y pude ver que la mayoría no estaban muy contentos. Lo atribuí a su falta de interés por aprender el idioma y por integrarse. Sus objetivos no eran de progreso en esa tierra. Me llamó bastante la atención el menosprecio que expresaban hacia los que se habían casado con alemanas y se habían hecho a la vida de allí.
Por todo ello, bastantes años después, creo que actuaste con bastante acierto y diste con el camino para ser un inmigrante celoso de su dignidad.
Hoy pienso que si, con cincuenta años menos, tuviera que emigrar a Alemania (dejando aparte la estupidez de una cretina política española del PP sobre el "espíritu aventurero") sin ninguna duda seguiría tu modelo de actuación.

Ernesto Fernández 5 de diciembre de 2012, 15:21  

Gracias, Michel, por la apreciación tan certera que has hecho del tema de mi emigración y la de los demás en aquellos años en que estábamos aquí cientos de miles de españoles.
Sí; formábamos una tribu muy revuelta venida de los más distintos puntos de España, pero si un alemán les preguntaba "¿de dónde vienes tú?", indefectiblemente respondían que de Madrid (mi patria chica), y tenían razón, pues el tren salía siempre de Madrid. Claro que al oir esto los alemanes rebajaban un poco el grado de guasa y cachondeo en que se ponían cuando viéndote realizar el más sencillo de los trabajos (a lo mejor barrer el taller) te preguntaban con una sonrisa puñetera: "Du, Spezialist?"
Yo por mi parte en ese aspecto apenas tuve dificultades, ya que les trataba como si hubiéramos estado toda la vida comiendo en el mismo pesebre: de tú a tú, en plan simpático y sin ambiciones peligrosas para nadie. Y como último recurso recurría a entonar cualquier canción del Frente de Juventudas, de origen nazi, y ahí no fallaba, se rendían. Y hasta llegaron a invitarme a sus casas. Pero yo, avariento amante de mi libertad, declinando la invitación prefería seguir solo y contento mi camino.
Con los españoles no acababa de entenderme, y es que aquí había llegado la "flor y nata" de la sociedad española: Braceros del campo andalúz, peones de albañil en el paro, legionarios recién salidos del pelotñon de castigo; estudiantes a los que sólo faltaba una asignatura y el padre se negaba a seguir pagando; curas rebotados demasiado amantes de la carne femenina... y de la masculina también si era muy, muy tierna; putas a las que un destino clemente había vuelto a llamar a sus puertas, concediéndoles la oportunidad de poder casarse con un alemán inocenton, que se creía los dengues de la púdica señora la noche de bodas... Jóvenes modistillas que se asombraban de que el viajero alemán fuera tan tieso y silencioso en el autobús que los llevaba al trabajo, y en España sin embargo fueran dando palmas.
También había unos pocos bichos raros como yo que se interesaban por la lengua alemana y por hacer cursillos de dibujo por amor al arte. Pero también para aprender algo práctico (radio técnica, por ejemplo), que más tarde les permitiera ascender un poco en esa escala social humana por la que jamás tuve demasiado interés.
Naturalmente que también había buenos mecánicos, pero en general era una masa abigarrada de chicos jóvenes, sanos y fuertes que sólo querían una cosa: Ganar cuanto antes el dinero necesario para comprarse por ejemplo un piso en España y volver cuanto antes a la patria.
¿Conservas alguno de esos artículos que publicaste en el periódico con ocasión de aquel programa "Lavado de imágenes? Me gustaría mucho poder leer alguno.
Un abrazo

Ernesto Fernández 6 de enero de 2013, 17:26  

Juan Manuel, voy a empezar por decirte que la crítica que haces la situas en el lugar falso, ya que sin duda alguna es en el artículo "Un emigrante en Alemania" adonde pertenece.
Te pedía me indicaras dónde había en ese artículo algo recusable y, claro, no has encontrado absolutamente nada. Son por lo visto los comentarios los que te llevan de cabeza, los míos y los restantes del amable (con excepciones) cotarro de Historias matritenses. Pero para eso precisamente está ahí ese apartado, para que cada uno opine lo que le apetezca: Ideas bellas y ciertas; necedades --cual bálbulas de escape para el necio--, dichas con mejor o peor intención..., etc.
Así que me he leido una vez mas los comentarios, que empiezan con un "Me ha encantado esa historia tan sencilla y tan sabia..., y esas cuatro verdades serían muy ilustrativas para la juventud de hoy". "Maravilloso artículo..."
No voy a continuar porque no dijeras otra vez eso de "arrogante" (lo que se iban a reir mis amigos al escuchar que soy un arrogante...)
Muchos de los artículo son excelentes, con y sin crítica. Ahí han escrito unos cuantos que saben de qué pie cojean las sociedades modernas (plural), y si hacen crítica, ella es constructiva, con lo que por ende favorece más a la juventud que esas apagadas y falsas palabras de aliento dadas por tipos blandengues (calificativo muy usado por los fachas, que a lo mejor conoces).
Conclusión: Vuelve a leer el artículo "Un emigrante en Alemania" y los comentarios también. Si así lo hicieras --con los ojos bien abiertos-- estoy seguro que al final tendrías más ímpetu de acción y más esperanza de la que tienes ahora. Vale

Michel 7 de enero de 2013, 16:35  

Amigo Ernesto:
Apareció un artículo mío sobre Alemania, nada menos que de julio de 1970, y en el que hablo de temas laborales (censura por medio). Como dijiste que te gustaría leer alguno, he intentado reproducirlo para .doc. Pero, dado que el papel está muy estropeado, ha sido imposible leerlo con OCR. He hecho un escaneo para .JPG y lo tengo dispuesto, pero no se a donde enviarlo. Son 4 archivos, dos muy largos pero, de uno en uno, llegarían.
Saludos cordiales.

Ricardo Márquez 7 de enero de 2013, 20:47  

Hola Michel. Manda los ficheros al correo del blog: matritenses@yahoo.es
Ya se los hacemos llegar a Erenesto de inmediato.
Saludos.

Domingo del Pino Gutiérrez 23 de marzo de 2014, 13:22  

Hola Ernesto
Me ha encantado tu artículo. Da la casualidad de que yo también emigré a Alemania en septiembre de 1960. Yo fui a Frankfurt/Main pero supongo que en todas las ciudades alemanas era más o menos lo mismo. Por las fotos que publicas me parece que si: he visto tu Mansarde (yo viví al principio en una igual) y la estación que también se parece mucho a la Hauptbanhof de Frankfurt donde los españoles iban todos los fines de semana por si llegaba algun compatriota para tener con quien hablar. Todo lo que cuentas me ha resultado extremadamente familiar. Saludos cordiales
Domingo del Pino Gutiérrez

Ernesto Fernández (Alemania) ,  24 de marzo de 2014, 11:37  

Hola, Domingo del Pino.
En cualquier estación (Hauptbahnhof, bonito nombre en alemán) de una ciudad alemana, en un día festivo de 1960, se ofrecía el espectáculo de los "Gastarbeiter" (trabajador extranjero), que allí reunidos se sentían, a la vista de tanto compatriota, casi como si estuvieran en la Estación de Atocha. En cualquiera de esas estaciones, como la de Frankfurt, por ejemplo, uno estaba entre los suyos, charlando, riendo o únicamente contemplando con algo de asombro aquel hormiguero proletario, ruidoso y feliz por unas horas. Además, la estancia en la estación era gratis (detalle de suma importancia para el Gastarbeiter) y al mismo tiempo no se pasaba frío. Aquellos hombres (pocas mujeres, ¡lástima!), con sus voces intercambiando noticias y chorradas juveniles, ofrecían un espectáculo mucho más vivo y real que cualquier programa de la tele hoy día.
Los trenes que llegaban del Sur con sus ocupantes de mirada algo inquieta, así como aquellos que volvían allí, con los viajeros exultantes de alegría y las maletas repletas, ofrecían un espectáculo de primer orden, que ayudaba a olvidar por una horas la vivienda en una bohardilla helada o el trabajo a destajo en una mina.
Tiempos duros, pero llenos de vida. ¿Pero por qué?, porque éramos jóvenes, y eso simplemente lo arrolla todo.
Saludos cordiales

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