Ya son más de 50 años los transcurridos desde que la llamada Ley de Villar Palasí, promulgada en 1970, apareció para cambiar, de modo definitivo y para bien, la Ley de la Enseñanza Media en España. Su implantación dio al traste, como era lógico, con todos los modestos colegios y academias de barrio que, de modo precario pero eficaz, habían funcionado en los años de postguerra.
Colegio Femenino Mirasierra, Hnos. Borrella, nº14. Foto: María Jesús Hornillos Candela.
Fueron centros que, pese a su precariedad, se convirtieron en dinamizadores de los barrios en los que se instalaron, aglutinando en su entorno a toda su población infantil y juvenil, a sus familias y a un profesorado vocacional que ejerció su cometido con entusiasmo y generosidad, sorteando roda clase de escaseces materiales.
A las horas de entrada y salida de las clases, su entorno se llenaba de una chiquillería vocinglera, de madres y abuelas que venían a recoger a sus crías, de compañeros/as que, cogidos del hombro, sin necesidad de ningún otro transporte, caminaban en amor y compaña hasta sus domicilios, todos sitos en la misma zona. Eran estallidos de vida que marcaban tiempos de recuperación y esperanza.
Siempre, también en su entorno, había unos determinados comercios, nacidos a su abrigo en los que se mercadeaba todo lo necesario para el aprovisionamiento escolar y un bar de esquina, donde los profesores tomaban el café de la hora del recreo o del aperitivo, por un modesto precio, utilizando el local incluso como sala de reuniones donde resolver los problemas cotidianos.
En dichos centros se celebraban los actos de final de curso con grandes muestras de alegría. Se hacían modestas exposiciones de los trabajos manuales y escolares, realizados durante el curso, y el acto final para la entrega de premios y diplomas se hacía en locales alquilados, con el aforo suficiente para acoger a todos los clanes familiares que acudían a los mismos.
En las actuaciones musicales o teatrales, con las que se amenizaban dicho acto de clausura, intervenía todo el alumnado que, en los ensayos previos, se había acostumbrado a la idea solidaria de la participación y a perder el miedo escénico. Era un sistema de terapia sencilla, pero muy eficaz para superar muchos complejos y fomentar la camaradería. El público era siempre complaciente y se sentía orgulloso de las intervenciones de sus retoños. Familias, alumnos y profesores constituían un núcleo muy sólido a pesar de las muchas carencias superadas día a día con buena voluntad.
Eran tiempos de respeto, en los que se contaba con la participación de las familias en el proceso educativo. Entre los alumnos siempre había roces, envidias y era frecuente la aparición de apodos despectivos, pero nunca eran problemas comparables a los acosos, de los que ahora se tienen noticias, al cruel bullyng que se ejerce en la actualidad con consecuencias terribles. Siempre se solucionaban tales problemas hablando con los culpables y afectados, contando con el apoyo de los padres que censuraban y castigaban tales conductas impropias.
No había recibos impagados, ya que todos se satisfacían puntualmente en los primeros días de cada mes, siempre en efectivo. Como centros privados se cobraba unos honorarios moderados y admitidos oficialmente, concediéndose muchos descuentos y becas a las familias numerosas o en mala posición económica. Todo se acordaba siguiendo una serie de pactos por todos aceptados.
Las familias eran conscientes de que una buena educación para sus hijos tenía que costar dinero y se sacrificaban con gusto porque sabían que era lo mejor que podían dejarles en herencia. La disciplina familiar era estricta y a los niños no se les consentían caprichos ni gastos superfluos. Además, siempre se daba la razón a las medidas disciplinarias y castigos impuestos por los profesores.
La citada Ley de Villar Palasí acabó, como ya se ha dicho, con toda esa serie de Colegios o Academias de barrio, que, con instalaciones muy deficitarias, algunos sitos incluso en simples pisos domiciliarios, tuvieron que cerrar sus puertas, adaptarse a las reformas exigidas o agruparse para la fundación de nuevos centros, ya edificados de acuerdo con la nueva normativa.
Foto aérea de la Colonia Maudes, años cincuenta. En rojo marcado uno de los colegios Mirasierra.
Ese fue el caso del Colegio Femenino Mirasierra y el del San Juan Bosco, sitos ambos en la llamada colonia de Ingenieros de Ponzano que, en 1975 se fusionaron para construir en la urbanización Molino de la Hoz, el nuevo centro llamado Colegio el Molino, hoy Logos. Pero esa es ya es otra historia de la que hablaremos en otro momento.
El propósito de estas líneas es avivar la memoria de ese mundo sencillo, vivido en los colegios de barrio del que todavía se reciben añorantes y agradecidas noticias, entre ellas la propuesta de la presente convocatoria “on line” para intentar reunir a quienes aún los recuerden.
Rogamos a cuantos lo estimen digno de su interés y estuvieron relacionados con dichos centros, que envíen sus datos personales y de contacto, para todos juntos ofrecer el debido homenaje a tiempos tan entrañables y definitivos en la educación de una época difícil, pero feliz y esperanzada.
Hoy sobran medios materiales en todos los centros educativos: transporte de autobuses (en el que se agota a los niños), excelentes instalaciones, campos de deportes, actividades múltiples, pero en ellos impera tal falta de respeto al profesorado por parte del alumnado que la sagrada tarea de enseñar se ha convertido en casi insoportable.
A ello hay que añadir el aumento de la burocracia exigida con la presentación de programaciones ideales en las que se pierde mucho tiempo ante el ordenador, un tiempo que se necesita para ocuparse de los alumnos. El contacto directo entre profesores y alumnos es lo importante.
Las dificultades actuales están generando el agotamiento vocacional de los educadores. Lo que antes era una maravillosa vocación y motivo de íntima felicidad se ha convertido en un insufrible tormento. Hasta las plazas que se ofertan en oposición estatal se están quedando desiertas (1).
Claro que hay quienes dicen que hay que adaptarse a los nuevos tiempos. La educación personalizada puede desaparecer ante el avance de la “enseñanza on line” y hasta ser sustituida por la IA que se impone a grandes zancadas. Todo ello supone una deshumanización en el proceso educativo de funestas consecuencias de la que nos resentiremos todos. Todos los niños merecen una educación diferenciada según sus posibilidades intelectuales y deficiencias.
Antes de que eso ocurra, bien merece hacer un modesto homenaje a los citados centros de antaño, muy modestos en sus instalaciones, pero en los que todos fueron felices: alumnos, profesores y familias.
La mayoría del alumnado formados en tales Centros siguió estudios universitarios a partir de los años 70 y ha conformado con éxito parte de nuestra actual sociedad. En consecuencia, estimo que bien merecen un agradecido recuerdo todos aquellos centros que arrasó la Ley de Villar Palasí, pero que sirvieron de fértil abono a los que han sido sus plutócratas herederos.
-.-.-
Autora: María Pilar González Serrano
El colegio femenino Mirasierra en
Facebook (1)
Colegio Femenino Mirasierra Madrid. Cuatro Caminos | Facebook
Notas:
1 - Los
Colegios Mirasierra fueron fundados en 1959 por don José Díaz de Tudanca, María
Teresa Ruiz Vigoy don Miguel Fenández González. En 1963 se hizo cargo de la
dirección técnica doña Pilar González
Serrano que continuó al frente de su funcionamiento a partir de 1969, cuando ya pesaba sobre el chalé en que estaba ubicado el expediente de expropiación y derribo, lo que se efectuó en 1975. Sobre dichos terrenos se levantaron los edificios “·Geminis”. El Colegio masculino siguió funcionando y aún sigue siendo un importante Centro educativo (C/ Ascao, nº 33).
En esa fecha de 1975 se unió al Colegio Femenino Mirasierra y al San Juan n Bosco, el Colegio Cisneros para construir el Colegio el Molino, sito la urbanización Molino de la Hoz (Las Rozas). El Colegio Cisneros centro nunca dejó de funcionar.



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